Cuando oyes que un hijo lo cambia todo, y tú no lo tienes, simplemente no lo crees.
Te crees ajeno a cambiar tu forma de pensar, sientes que serás inmune a esa evolución.
El tiempo, como siempre, le dará la justa dimisión de tu vanidad.
Te acuerdas cuando corrías, jugando americano, brincabas, saltabas, y los autos eran un contrario más.
Ahora volteas a ver esa misma cuadra, calle o callejón y te das cuenta cuán tan peligrosas son las orillas de las banquetas. Nada ha cambiado, lo que ahora es distinto, es que la firma de boletas es una oportunidad para ver a tu hijo con sus amigotes, pero todo sigue igual.
Decides ahora medir el tiempo de forma distinta. Ahorita, no es tan breve como solía ser antes, "ya voy" implica que tu lo terminaras haciendo, y mañana sigue siendo mañana.
Tienes la oportunidad de verte de nuevo y te acuerdas de esa frase estúpida que jamás entendiste, "un día lo enteras".
Esas y más cosas he descubierto al lado de un tigre, mi hijo Toño.